Nuevas masculinidades, nuevos machismos

Los hombres que quieren apoyar a las mujeres en nuestra lucha por la libertad y justicia deberían entender que no es tremendamente importante para nosotras que aprendan a llorar; es importante que paren los crímenes de violencia contra nosotras” – Andrea Dworkin

Las contradicciones entre la tesis y la praxis de las que tanto se hablan en el mundo político, también se aplican a la lucha feminista. Todas y todos conocemos la teoría, pero ¿qué pasa a la hora de aplicarla?

Días señalados contra la lacra del machismo como el 8 de marzo y el 25 de noviembre son un éxito todos los años. Las ciudades de toda España se tiñen de morado con miles de mujeres unidas y peleando juntas por una causa que nos afecta a todas por igual. Sin embargo, estos días son un paréntesis en nuestro calendario: nos sentimos fuertes y valientes, hablamos alto, los hombres se muestran interesados y respetuosos. Pero al día siguiente se rebobina en el tiempo y volvemos a la casilla de salida. El sexismo tradicional no está desapareciendo, sino que ahora la sociedad lo es de otra manera. Y es que, a pesar del avance en teoría feminista, de su divulgación y del progreso de las instituciones estatales en la materia de promoción de igualdad de género, no se consigue aplicarla en nuestra vida diaria. Algo falla.

En principio, cabe pensar que nuestra generación está más preparada para ser más feminista, ya que tenemos mucha información en nuestras manos. Pero eso no ha supuesto una minimización del machismo tradicional, sino su mutación para adaptarse a las sociedades progresistas de bienestar y de la tecnología. Un claro ejemplo de ello sería las páginas de neo-prostitución como OnlyFans en las que se paga por acceder a fotos de chicas desnudas. Estas webs promueven la cosificación de las mujeres desde edades muy tempranas, bajo términos de “empoderamiento” y “mi cuerpo mis reglas”. Confunden cual es el objeto del feminismo y bien permiten criticar la prostitución tradicional por casposa o anticuada, pero seguir comprando mujeres virtualmente fingiendo ser alguien moderno y contemporáneo que apoya el espíritu emprendedor de las jóvenes. La hipocresía de siempre con una máscara nueva.

Las personas más progresistas y concienciadas reniegan de la masculinidad clásica tóxica. Sin embargo, desprenderse de ella resulta más difícil que de lo que se piensa, pues no es rechazada, sino sustituida por las llamadas “nuevas masculinidades”: una renovación moderna de la masculinidad hegemónica. Lejos de aportar victorias a la lucha feminista, lo único que hace el rejuvenecimiento de los roles de género es legitimarlos socialmente y validar estas nuevas actitudes que, bajo una máscara de progresismo y deconstrucción, sigue teniendo el mismo potencial feminicida. Las teorías de nuevas masculinidades se centran en aspectos individualistas e identitarios (qué es ser un hombre, como viven sus roles, cómo se siente un hombre siendo hombre), dejando de lado las relaciones de poder y el dominio de su rol sobre las mujeres. Han traído consigo una confusión social respecto al género: lo difumina en cierta medida, pero no apuesta por su abolición.

El género es una construcción social que se asigna a las personas según el sexo bilógico con el que han nacido. Así, a hombres y mujeres se nos impone unos roles de comportamiento y de actividades distintas (azul/rosa, choches/muñecas, activo/pasiva, liderazgo/ sumisión). Esta es la base de la opresión: el sexo es por qué las mujeres somos oprimidas, el género es cómo somos oprimidas. Por tanto, la única forma de acabar con la violencia de género es destruyendo estos roles.

El problema llega cuando las nuevas masculinidades y las teorías posmodernas tratan de justificar el género con postulados identitarios, que en muchos países (y España va en camino) han tomado posiciones institucionales. En lugar de luchar por la abolición de los roles de género y de asumir que no existen actitudes u objetos de hombres o mujeres; se quiere que estos roles se mantengan de una manera más impermeable en la que un hombre o una mujer sea libre de identificarse con el género masculino o femenino, el que prefiera, para ajustarse a él. Mantienen el status quo. Estas nuevas teorías (las masculinidades alternativas, la teoría queer) son por definición contrarias al feminismo, ya que su concepto del género es antagónico e irreconciliable. La era del posmodernismo se ha caracterizado entre otras cosas, por la política de las emociones, muy asociada al populismo y a la creación de generaciones de cristal. Estas quieren que sus sentimientos, abstractos e inmateriales, sean la base de las políticas públicas. No se puede legislar en base a identidades personales y sentimientos, sino en base a la realidad material.

Así, vemos cómo por un lado se distorsiona tanto el objetivo como el sujeto del feminismo. El objetivo se va deformando en la medida en la que se les vende a las mujeres (y niñas) que se fortalecen socialmente aceptando y promoviendo el consumo de sus cuerpos por parte de los hombres, en lugar de ser tratadas como iguales. El sujeto del feminismo se deforma en la medida en que se desvanece el género como base de la violencia machista. Si el género femenino no solo no se elimina, sino que puede asociarse a los hombres, ¿tendría sentido seguir hablando de violencia de género? ¿No acabaríamos usando los términos de la extrema derecha, como la violencia intrafamiliar?

Estas teorías posmodernas y antifeministas están los mejores aliados del neoliberalismo. Al final, parece que todo ha cambiado para que siga siendo exactamente igual.

Lucía de Castro, estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública Hispano-Rusa

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