Videollamadas: un vínculo en la distancia

Nati y Érika son dos de las técnicas en cuidados auxiliares de enfermería (TCAE) que se encargan en el Hospital San Juan de Dios de conectar a diario a pacientes y familiares a través de una pantalla. La tecnología se ha convertido en una poderosa herramienta para paliar la soledad que soportan las personas ingresadas ante las restricciones impuestas para frenar la pandemia.

 

A Nati Cadenas la pandemia de coronavirus, que hace ya más de un año ha puesto en jaque al mundo, le ha “superado”. Esta técnica en cuidados auxiliares de enfermería (TCAE), que lleva vinculada al Hospital San Juan de Dios de León casi cuatro décadas, se ha visto obligada a recurrir a un psicólogo para sobrellevar una realidad que, en sus propias palabras, “está siendo complicada hasta para los que estamos bien”. El insomnio, la ansiedad y -sobre todo- la tristeza empezaron a acompañarla cada vez que daba por terminada su jornada laboral: “Solo tenía ganas de llorar y, cuando vi que no se me pasaban, decidí pedir ayuda”.

Un contexto difícil en el que, aunque está “mucho mejor”, reconoce que el trabajo ha sido una tabla de salvación en un mar de aguas revueltas que, debido a la restricción de las visitas para contener el avance de los contagios, ha tenido que tirar de la tecnología para acercar a pacientes y a familiares. “Las videollamadas –muchas de ellas en grupo- les permiten verse y, en algunos casos, incluso despedirse por última vez”, asegura Nati tratando en todo momento de ponerse “en su piel”. “Es muy dura la situación ya de por sí como para negarles el derecho a decir adiós”, apostilla. Es de justicia para los que se van y para los que se quedan.

Un vínculo en la distancia que ambas partes “agradecen” infinitamente a pesar de que haya una pantalla de por medio. “Es algo que no se paga con dinero”, resume Nati antes de entrar a una de las habitaciones de la planta 3A. Dentro de ella Jerónima está a punto de comer, pero prefiere hacer un paréntesis y “ver qué cuenta la familia”. 

Tiene cinco hijos, pero Nati contacta con una de sus nietas. “Tengo un poco de fatiga. Quiero dormir”, le cuenta su abuela. “Cuando estés mal, tú coméntalo y haz caso de todo lo que te digan para ponerte buena”, le contesta ella antes de dejar hablar a su madre unos minutos.

 

“¡Qué guapo estás papa!”

En la planta 2b Érika González, que trabaja en San Juan de Dios desde hace 17 años, coge su tableta y el registro de pacientes ingresados antes de iniciar la ronda por las habitaciones. En su primera parada Aristógenes, que está recién afeitado, le espera impaciente para poder conectar con su hija. “¡Qué guapo estás papa!”, le dice ella con ternura. Eso sí, considera que “algún complejo vitamínico” no le vendría mal. “Ya le estamos dando un hiperproteico”, le explica Érika. “Bueno, tú come todo lo que te den a ver si te recuperas pronto, que la mama te echa mucho de menos”, añade su hija antes de despedirse con “un beso enorme”. Y es que no hay nada como verse las caras.

En la habitación contigua, Práxedes está preocupada por haber dejado ‘solo’ a su marido. “Está con alzhéimer”, explica. Por eso, tiene prisa porque le den el alta y volver a pronto a casa para “poder atenderle”. “Mira a ver si le dices a tu padre que se ponga a ver si me ve”, le suelta a su hijo tras dejarle claro que ella se encuentra bien tras pasar por quirófano. “Tienes la cara un poco hinchada”, le dice su marido. “Eso es porque esto (la tableta) me hace la cara más gorda”, le suelta con gracia. “El viernes ya voy para casa, así que tú estate tranquilo”, señala antes de explicar a su hijo que ya puede mover la pierna y que los dolores prácticamente han desaparecido. Eso sí, el ingreso le ha robado el apetito: “Ya comeré lo que no haya comido. Ahora no me entra”.

“Tener ingresado a un ser querido y no poder estar a su lado, más aún si su estado de salud reviste gravedad, desespera”, pone de manifiesto esta TCAE en unos tiempos, los de la COVID-19, en los que la tecnología, más que nunca, es una poderosa herramienta para paliar la soledad que soportan muchas personas en residencias, hospitales o confinadas en sus casas.

Y es que, aunque las visitas se permiten en el caso de menores de edad o inminente fallecimiento para que pueda tener lugar la despedida, las videollamadas les permiten comunicarse con sus allegados y romper con un aislamiento que puede llegar a ser demoledor. “Muchos están desubicados y con el ánimo por los suelos”, confiesa Érika más que dispuesta a tender los puentes que sean necesarios para acortar las distancias en esta época de abrazos virtuales.

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