No hay martes de Pentecostés sin camino, sin pañuelos al cuello, ni sin emoción contenida. Carrizo de la Ribera ha celebrado hoy su día más esperado: la romería en honor a la Virgen del Villar, una cita donde la fe, la tradición y la identidad del pueblo se entrelazan en cada paso.
Desde primeras horas de la mañana, el pueblo se ha vestido de fiesta. El repique de campanas marcaba el inicio de una jornada especial, en la que la imagen de la Virgen ha recorrido los tres kilómetros que separan la iglesia parroquial del corazón del pueblo hasta su ermita, arropada por cientos de fieles. No han faltado los pendones ondeando al viento, los sones de dulzainas, y los trajes típicos que mantienen viva una herencia que se transmite de generación en generación.
A lo largo del camino, muchos caminaban en silencio, otros cantaban o rezaban, y todos compartían un mismo sentimiento: la emoción de volver a caminar junto a la Virgen del Villar. Los bailes de los danzantes no faltaron para amenizar una romería en la que el calor ha sido protagonista. A su llegada al santuario, se ha celebrado la misa de campaña, en un ambiente de recogimiento y alegría. Los bancos y las sobras llenas, el campo salpicado de sombrillas, y los niños correteando entre mantas y neveras, han dibujado la estampa inconfundible de una romería leonesa.
Uno de los momentos más esperados, como cada año, ha sido el tradicional canto a la Virgen y el baile de los danzantes con su paloteo y lazos. La romería de la Virgen del Villar no es solo un acto religioso: es un reencuentro con las raíces, un punto de unión entre quienes se quedaron y quienes vuelven solo para no faltar a esta cita. Carrizo ha vuelto a vibrar, y lo ha hecho como sabe: con respeto a lo sagrado, alegría compartida y la certeza de que, mientras haya camino, habrá romería.
















































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