- La espesa sombra de la incertidumbre pesará ¿por siempre? sobre la figura de la tercera condenada por el asesinato, que desde septiembre de 2023 disfruta del tercer grado penitenciario: duerme en una prisión madrileña mientras rehace su vida
- En un libro sobre “errores judiciales y otras infamias”, el fiscal Carlos Castresana reflexiona sobre las incógnitas en torno a la implicación de la expolicía en el asesinato de la presidenta de la Diputación de León

Ni durante su estancia conjunta en la cárcel de Mansilla, ni durante el juicio. Raquel Gago nunca quiso volver a hablar con las otras dos condenadas por el asesinato de Isabel Carrasco, Montserrat y Triana. “Raquel se sintió traicionada”, contó en su día una funcionaria de prisiones que la conoció en Villahierro. Pero… ¿Traicionada porque madre e hija contaron más de la cuenta, o porque no hablaron lo suficiente como para exculparla del crimen? Y, de no hablar la autora de los disparos ni su hija, ¿por qué no hacerlo ella, por qué no hablar detalladamente de las sombras e indicios que apuntalaron su implicación en el crimen y la posterior condena? Nunca quiso explicar los porqués en torno a demasiados detalles. Optó por callar y fue condenada en firme.
Triana y Montserrat contaron poco en el juicio. La madre reconoció los hechos, dijo no arrepentirse, y poco más. La hija siempre hizo como que el asunto no iba con ella: “yo no sabía, una superdotada no monta un plan para matar a las 5 de la tarde, es que mamá…”. En las entrevistas que dieron en prisión se explayaron más, hablaron de Carrasco y alrededores, del partido, de supuestas prácticas de acoso… pero ni exculparon a Raquel ni contaron cómo y por qué la expolicía se implicó en un asesinato junto a ellas.
Raquel Gago nunca quiso contar y quienes la conocen aseguran que no lo hará nunca. ¿Por qué callar?
En 2026, dos proyectos audiovisuales volverán a poner el foco en un caso con demasiados cabos sueltos que nunca se resolverán, con la participación de Raquel Gago como el interrogante más complejo de entender. La verdad judicial, la única que cuenta, es una sentencia firme que recoge que tres mujeres fueron condenadas a 22, 20 y 14 años porque planearon asesinar a Isabel Carrasco y ejecutaron el crimen en plena calle un lunes 12 de mayo de 2014. Nunca conoceremos los detalles sobre lo que de verdad ocurrió para que la presidenta de la Diputación de León fuese asesinada, y mucho menos todos los porqués, si los hubiera.
Y, de vez en cuando, se seguirá hablando de un caso repleto de incertidumbres, especialmente en lo que se refiere a qué tuvo que ver la tercera mujer, Raquel Gago, condenada primero a 3 años como mera encubridora (más otros dos por tenencia ilícita del arma) y finalmente a 14 como cómplice del crimen.
Una condena repleta de dudas
En su libro sobre “errores judiciales y otras infamias” (‘Bajo las togas’, ed. Tusquets), el fiscal Carlos Castresana reflexiona sobre algunas incógnitas en torno a la implicación de Gago y deja caer que, a su juicio, fue un error condenarla.
En primera instancia, en el juicio que se celebró en la Audiencia Provincial de León, el veredicto del jurado era una contradicción, recuerda Castresana: siete votos consideraban a Raquel culpable como cómplice de asesinato, pero por mayoría de 5 votos se proponía “que no fuese castigada y que recibiese el indulto total”.
Para este fiscal, el juicio nunca debió celebrarse en León: “El veredicto del jurado fue manifiestamente influenciado por el perfil de la víctima, la enorme expectación sobre el juicio y la presión de la opinión pública”. Y Castresana va más allá en sus argumentaciones: “El principal problema del jurado es que, de vez en cuando, condena a inocentes“.
Una investigación incompleta
En ‘Bajo las togas’, el autor vuelve a poner el foco sobre algo que ya quedó claro desde hace una década, y cada vez más: la investigación sobre el asesinato de Isabel Carrasco quedó notoriamente incompleta. No se indagó -¿porque no se quería saber?- sobre cuál era el papel de unas cuantas personas en este caso cuyo testimonio ni siquiera se reclamó durante la instrucción. ¿Por qué?
Y más dudas que cualquiera que conozca el caso en profundidad quisiera aclarar: Si una vecina de Carrasco informó desde marzo de 2014 de la sospechosa presencia de dos mujeres cerca del portal, ¿por qué se desoyeron sus avisos? ¿De dónde salieron las armas, la Taurus que mató a Carrasco y la Royal que guardaban en casa las asesinas?
¿Dónde entrenaba sus disparos Montserrat? ¿Quiénes conocían el plan?
¿Cómo de casual fue la aparición en la escena del crimen del policía que siguió a Montserrat y luego no recordaba cosas en el juicio?
¿Era también casual que el padre y marido de Triana y Montserrat fuera el comisario de Astorga? El nombre de Pablo Martínez, fallecido durante la pandemia, figuraba en la munición que se halló en casa de las dos mujeres. Tampoco se le hicieron muchas preguntas.
Y Raquel Gago, una vez que vio el bolso con el arma en su coche, ¿qué hubiera pasado si nunca la hubiera entregado a la Policía? ¿Lo hizo porque desconocía por completo el plan criminal?
¿Se condenó -en tres instancias- a una inocente contra la que pesaban algunas pruebas no del todo concluyentes? ¿Por qué, a pesar de todo, Raquel Gago nunca ha querido hablar alto y claro? ¿No querría un inocente aclarar todas las dudas que pueda haber sobre los indicios que la incriminaban? De haber tenido otro abogado que la aconsejara… diferente, ¿hubiera Raquel Gago respondido en la vista oral hasta la extenuación a todas las dudas hasta aclarar que ella no participó en la ejecución de Isabel Carrasco?
La instrucción del crimen de Isabel Carrasco se cerró sin que los investigadores quisieran averiguar nada sobre indicios clamorosos que señalaban a otras personas que podrían haber tenido algún tipo de participación en el asesinato. Algunos periodistas sí averiguaron datos muy llamativos sobre las amistades de las condenadas. Pero alguien decidió que no se debía saber más.
Y, según sugiere Castresana en su libro, se prefirió que todo lo que no cuadraba, lo que no encajaba en el puzzle de una muerte premeditada, se “compensara” de alguna manera con la introducción de una pieza que nunca ha terminado de acoplarse, la de Raquel Gago, con cuya condena se puso un cierre al crimen más bestia que ha tenido lugar en la historia de León, el de la todopoderosa y controvertida política Isabel Carrasco Lorenzo a los 59 años.
Aunque los tribunales ya hicieron su labor y la sentencia condenatoria es firme, ¿qué ocurriría si un día Raquel Gago se hartara de callar, si contara más y alguien siguiera tirando de los hilos que nunca encajaron? O si las otras dos condenadas contaran todo lo que en su día insinuaron sólo con pinzas…
Una se pregunta: ¿Tiene todo un precio? ¿Cuánto cuestan determinados silencios?

Susana Martín
Periodista. He hecho un poco de todo en el maravilloso oficio de contar historias: prensa, radio, montar el primer digital de León, reportajes de investigación sobre lo que otros intentan silenciar o colarme en una cárcel para entrevistar a dos asesinas. Creo en el periodismo como servicio público e intento mantener una mirada objetiva. Me gusta mucho escribir, escuchar, vivir, leer, las burbujas y otros 'pecaos'. Tengo pocos miedos.


