- La crecida del río Tuerto y el desembalse del pantano de Villameca han provocado la inundación del pueblo, lo que ha convertido las dos últimas noches en una pesadilla para los vecinos
El campo ya no puede con más agua. Son treinta jornadas sin parar de llover en la provincia de León; una circunstancia inusual que, para colmo, se ha convertido en la peor pesadilla: el agua ha entrado en el núcleo urbano. Así lo están viviendo los vecinos de Castrillo de Cepeda. El municipio de Villamejil está sufriendo unas jornadas infernales a costa de las lluvias intensas, el desembalse de Villameca y el desborde del río Tuerto.



En las localidades afectadas por la crecida del río Tuerto, especialmente en Sueros de Cepeda y Castrillo de Cepeda, durante la jornada se registraron entradas de agua de hasta 20 centímetros en algunas viviendas; aunque los vecinos aseguran que en algunos puntos se llegó hasta el metro de altura.



Los vecinos de Castrillo cuentan que durante las dos últimas noches el agua corría por las calles como un río, cubriendo aceras, quedándose a un par de palmos de las ventanas y traspasando las entradas. Explican que tras la primera noche, se las ingeniaron para construir muros de contención con tablas y sacos de arena: “Daba igual, el agua venía con tanta fuerza que arrastraba todo y los sacos flotaban”, cuenta el presidente de la junta vecinal, Julio Ángel Fernández.


El portavoz tiene claro que lo que ha sucedido es un cóctel explosivo entre un mes seguido de lluvias incesantes, el desembalse de Villameca y, especialmente, el estado de los ríos, “en los que no nos dejan limpiar ni cortar un árbol”. Se queja de que están abandonados, y no les dejan trabajar y limpiar el cauce del Tuerto, unas circunstancias de dejadez que provocan que la fuerte crecida del río haya llegado hasta dentro de sus casas.



Así lo recuerda, Victoria, su hermana, quien relata que nunca se había visto algo así en el pueblo: “El agua emanaba por debajo del suelo, salía del sumidero”, cuenta, “el bar, al final de esta calle, se inundó por completo; eso nunca había pasado”.

Llevan dos noches sin dormir, porque no sabían hasta dónde llegaría el agua. Se alegran de que no haya que lamentar daños personales, pero asegura que ha sido gracias a la solidaridad vecinal: “Enseguida nos pusimos en marcha para avisar a los vecinos, que estuvieran prevenidos que estaba llegando el agua; y cuando ya estaba aquí, corrimos a ayudar a las personas mayores a subir a las plantas altas de sus casas”.
Otros vecinos respiran aliviados de que sus casas se encuentren junto al monte, al otro lado del pueblo, lejos del río; eso ha salvado sus casas y a ellos de un buen susto. Un susto que aún no se han quitado del cuerpo el resto de vecinos.



Como Aina, que en octubre volvió de Barcelona para estrenar una casa hecha por su padre que ahora tiene muebles apilados para paliar el envite del agua. Dice que ya ha parado de llorar, pero encoge el corazón ver una casa tan bonita construida y decorada con ilusión llena de barro. Han sido los propios vecinos quienes con máquinas ha limpiado la zona del río para que el agua regrese a su cauce. Al final, confiesan, “nos hemos tenido que buscar la vida nosotros”. Así es como han conseguido que al menos el núcleo urbano se seque, no así el resto de parcelas cercanas al Tuerto.



La incertidumbre es la peor amiga del pueblo de Castrillo, cuyos vecinos no saben cuánto durará esta situación ya que viernes y sábado seguirá lloviendo y seguramente también desembalsando.



