El ex teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, ha fallecido este miércoles 25 de febrero de 2026 a los 93 años de edad. Su muerte cierra definitivamente la biografía del rostro más visible del intento de golpe de Estado de 1981, y lo hace en una jornada marcada por una coincidencia histórica: el mismo día en que el Gobierno ha hecho públicos los documentos desclasificados de aquel momento histórico.
El deceso se produjo en Alzira, Valencia, a las 18:45 horas, según ha confirmado su familia a través de un comunicado emitido por su abogado. Tejero, que fue expulsado del instituto armado y condenado a 30 años de prisión por rebelión militar —de los cuales cumplió la mitad hasta obtener la libertad condicional en 1996—, ha fallecido apenas 48 horas después del 45º aniversario de la entrada armada en el Congreso de los Diputados.
Coincidencia cargada de simbolismo
La desaparición del exmilitar coincide con la publicación en el portal de La Moncloa de 153 unidades documentales que hasta ahora permanecían bajo secreto de Estado. Estos archivos, procedentes de los ministerios de Defensa, Interior y Exteriores, incluyen: transcripciones de conversaciones captadas durante las horas del secuestro en el hemiciclo, informes de inteligencia sobre la trama civil y los movimientos de los implicados, y comunicaciones diplomáticas que detallan la reacción internacional ante la crisis democrática española.
Mientras los historiadores y la opinión pública comienzan a analizar los detalles de estas carpetas —que incluyen menciones a las dudas internas de los golpistas y el papel de la Casa Real—, la muerte de Tejero pone fin a la era de los protagonistas directos del 23F, siendo él el último de los cabecillas que permanecía con vida tras los fallecimientos de los generales Jaime Milans del Bosch y Alfonso Armada.
“¡Quieto todo el mundo!”
Nacido en Alhaurín el Grande en 1932, Tejero pasó a la historia por irrumpir en la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo al grito de “¡Quieto todo el mundo!”. Aquella imagen, con el tricornio y la pistola en mano, se convirtió en el símbolo de la fragilidad y posterior fortaleza de la Transición española.
En sus últimas décadas, el ex teniente coronel mantuvo un perfil bajo en la Costa del Sol, dedicado a la pintura y con apariciones públicas muy limitadas, casi siempre vinculadas a actos de hermandad militar o de exaltación de la dictadura, como la reinhumación de Francisco Franco en 2019.


