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martes 20 enero 2026

Adiós a “Jandrín”, el relojero que detenía el tiempo para escuchar a León

En la calle Teatro número 2, bajo un toldo ya descolorido por décadas de sol y de historia, se ha detenido un tic-tac que marcaba mucho más que las horas. Alejandro Morán Marcos, más conocido como “Jandrín”, ha fallecido dejando tras de sí un legado que trasciende la joyería o la relojería. León pierde no solo a un artesano, sino a un testigo del pulso íntimo de la ciudad.

Era imposible pasar por delante de “La Española” —así, sin más adornos— y no mirar su escaparate como quien se asoma a un tiempo más lento y más humano. Dentro, en un pequeño banco de madera gastada, Jandrín, con su lupa en el ojo y las manos firmes, hablaba con los relojes como quien conversa con un viejo amigo. Pero sobre todo, hablaba con las personas.

Amigo incansable de Carlos Herrera, era de esos comerciantes de antes: los que no solo vendían, sino que escuchaban. Escuchaban penas, alegrías, secretos, silencios. En su taller se arreglaban mecanismos de cuerda y también rutinas rotas. Allí, entre engranajes diminutos y esferas de cristal, se detenía el ruido del mundo.

Nacido en una familia de relojeros, “Jandrín” no heredó solo un negocio: heredó una forma de estar en el mundo. La paciencia, el detalle, la constancia. No había reloj que no mereciera ser salvado, ni cliente que no mereciera ser atendido con el respeto de quien entiende que el tiempo ajeno vale tanto como el propio.

Era irónico, dicen algunos, que dedicase su vida a alargar la de los relojes y ahora se haya marchado sin previo aviso, sin que nadie pudiera darle cuerda una vez más. Pero quienes le conocieron saben que su marcha no detiene el tiempo, sino que lo honra. Porque hay personas que viven tan de verdad que su memoria no caduca, ni aunque se le acabe la pila.

Hoy, la calle Teatro parece más silenciosa. La puerta de la joyería sigue cerrada. Pero dentro, sobre la mesa de trabajo, seguro que aún quedan restos de su último encargo. Un reloj abierto. Una promesa de precisión. Y tal vez, quién sabe, una nota escrita a mano con letra pequeña, como le gustaba:
“No hay prisa. Lo importante es que funcione bien.”

Alejandro Morán y Carlos Herrera

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