Quién era Teresa: le salvaron la vida sus padres en Mozambique y la asesinó en Bruselas su primer amor (FOTOS)

  • La familia leonesa de la joven asesinada en Bélgica ya está en Bruselas para el juicio al autor confeso de su muerte
  • Apareció en la calle en Mozambique cuando era un bebé y lucharon por adoptarla Blanca y Juan, sus padres, salvándole una vida que le arrebató después, a los 23 años, su expareja
  • Su madre, médico leonesa: “Lo tenía todo, era una mujer estupenda a la que todo se le daba bien. Menos esto, que no lo vio venir… aunque en realidad tampoco su padre y yo lo vimos venir, quién puede esperarse algo así”

Un jurado popular decide desde el 9 de octubre en Bruselas el futuro del asesino confeso de Teresa, enfermera de 23 años (FOTOS)

Mañana jueves 9 de octubre arranca en Bruselas el juicio a César Arribas, un guardia civil en prácticas de Cuéllar destinado en Portilla (Valladolid) que en unos días cumplirá 27 años.

Sentado en el banquillo de los acusados, Arribas volverá a encontrarse con la familia de la mujer a la que hace tres años confesó haber quitado la vida, su expareja, la enfermera Teresa Rodríguez Llamazares, que acababa de cumplir 23 años cuando él le asestó 153 puñaladas. El acusado, que ayer martes ya compareció en el Palacio de Justicia, pidió al tribunal que no se le puedan tomar imágenes durante la vista oral. En Bélgica está ya, “con el corazón en un puño”, buena parte de la familia de su víctima.

El primer amor que tuvo Teresa fue precisamente su verdugo. “Ella no había querido seguir con la relación pero creía que podían ser amigos, él no aceptó la decisión y la asesinó”. Lo cuenta a León24horas la leonesa Blanca Llamazares, la madre de ella, una mujer rota. “Soy una médico a punto de jubilarse que se ha quedado huérfana de hija. Éramos una familia más y nos ha destrozado a todos”. Llevan esperando tres años este juicio, Blanca está agotada.

Ha costado mucho sobrellevar la vida en la casa de los Rodríguez Llamazares desde que aquel jueves, 27 de octubre de 2022, la Interpol se presentó en la vivienda familiar, en Valladolid, para comunicarles que Teresa “había muerto” en Bruselas.

“Sólo nos dijeron eso, así, que Teresa había fallecido y que llamáramos a un número de teléfono”.

El mundo se derrumbó. Viajaron a la ciudad belga y allí supieron que a su pequeña, que acababa de cumplir 23 años, la había apuñalado hasta la muerte el hombre que hasta unos meses antes fue su pareja.

Imposible recordar demasiados detalles de unos días de pesadilla que ojalá nunca hubieran tenido que vivir. Desde entonces, a punto de cumplirse tres años de aquella barbarie que rompió tantas vidas, “ya nada es igual”, dice Blanca. Cómo podría serlo…

Teresa Rodríguez Llamazares fue adoptada en Mozambique, en el barrio de Hulene, a 15 kilómetros de Maputo, la capital, en 1999.

“Tengo una Teresa”, le dijo a Blanca una hermana de la Caridad de la congregación de la Madre Teresa de Calcuta, que mantiene el orfanato ‘La casa de la alegría’, al que llegan niños abandonados en una zona cuya principal actividad económica es recuperar basura de un vertedero de Maputo. “La han encontrado abandonada unas chicas y nos la han traído”.

Y Teresa se llamó Teresa porque así llamaban allí a las niñas que acogían en ese hogar las hermanas de la Caridad. “Teresa, como su abuela paterna, como su tía materna, y así la llamamos siempre”.

La pequeña, siempre sonriente, recibió a sus padres adoptivos en el aeropuerto de Maputo, en brazos de la hermana Gustavo, que se la entregó a Blanca y a Juan, ya sus padres.

No se sabía su edad ni cuándo había nacido. Calcularon que tendría “unos ocho meses”. Tenía cuatro dientes, pesaba seis kilos y le supuraban los oídos. A pesar de estar enferma, Teresa sonreía.

Había que darle una fecha de nacimiento y eligieron el 23 de septiembre, día del cumpleaños de una de las trabajadoras del orfanato.

Juan y Blanca habían salvado la vida a la pequeña. Juntos siguieron con su vida a mil kilómetros de África, en una casa donde esperaba Fran, que había llegado del mismo orfanato cuatro años antes. El hermano mayor estaba encantado de tener una hermana “negra como él”.

“Teresa era una niña tranquila, que no lloraba, comía, dormía y jugaba”, recuerda Blanca. A Teresa la querían y esperaban mucho antes de llegar a Valladolid.

“En la mirada de Teresa se adivinan algunos rasgos de su carácter: su luz, su alegría, su curiosidad”. Una niña siempre feliz, siempre contenta, siempre aprendiendo y queriendo ayudar a otros. “Le gustaban las manualidades, pintar, y disfrazarse”.

En el Liceo francés de Valladolid encontró a sus primeras amigas, algunas para toda la vida, y la primera conciencia de su diferencia. En una ocasión, con diez años, se presentó en el despacho del director para quejarse de que la habían llamado negra en el recreo: este convocó a los padres a una reunión. Tenía diez años. “Desde muy pequeña tomó las riendas de su identidad”.

Como tantos niños, realizó actividades que respondían a sus gustos: natación, patinaje, pintura, bici, cocina. A los cinco años empezó a cantar en un coro y, con seis, a estudiar lenguaje musical y piano.

“Siempre le apasionó la música y se comprometió con nosotros firmando un contrato de dedicación al instrumento para que le compráramos un piano”.

Además de su formación clásica, tocaba y cantaba sus canciones preferidas. Luego hizo lo mismo con la guitarra, de manera autodidacta.

El día en que se despidió de su familia para comenzar su aventura en Bruselas, les cantó a la guitarra ‘Je vole’ (de la película La famille Bélier): “creer sólo en mi vida / en todo lo que se abre ante mí / en el por qué, dónde y cómo / en este tren que se aleja”.

La enfermedad de su padre, Juan, fue el fondo de preocupación durante su adolescencia, circunstancia que unió aún más a la familia.

De jovencita, Teresa tenía siempre la maleta en la puerta. Estudió en Rennes (Francia), tuvo estancias en Estados Unidos y Canadá. Tuvo la oportunidad de hacer un intercambio con un Liceo de la India.

Los scouts fueron una de las actividades a las que Teresa dedicó más tiempo y energía. “Desde 2007 hasta el 2020, llenaron su tiempo de ocio, pero también de responsabilidad”. Durante la pandemia, incluso se reunían por vídeoconferencia. “Teresa les organizó un taller de disfraces, ella se vistió y maquilló como Frida Kahlo.

Con 15 años, Teresa empezó a impartir clases particulares de francés, de matemáticas, de piano. “Quería su autonomía y tener su propio dinero”.

La música y bailar en discotecas fue otro de sus grandes placeres. “Salir de noche con amigas y amigos los fines de semana y bailar hasta volver a casa rendida”.

Cuando terminó el instituto, hizo un viaje interrail por Centroeuropa con su grupo de amigos scouts.

Teresa se matriculó en el Grado de Enfermería de la Universidad de Valladolid en 2017. Fue una decisión meditada. Al no poder entrar en la Facultad de Medicina, contempló la posibilidad de estudiar otras ramas sanitarias fuera de Valladolid. Las circunstancias familiares, marcadas por el trasplante de médula que había sufrido su padre, la decidieron a elegir Enfermería. “Teresa tenía una relación especial con él y estuvo a su lado en todo el proceso de curación”.

Su pasión por viajar siguió llevándola a diferentes países. Dominaba el inglés y el francés. Tenía un carácter abierto y empático.

En tercer curso de la carrera llegó la pandemia. Como muchos jóvenes, sintió que le estaban robando los mejores años de su vida. Teresa iba al Hospital Río Hortega para continuar con su formación. “Salía con mascarilla, con miedo, y volvía a casa muy cansada física y emocionalmente, el trabajo era intenso, atendía a los enfermos y a algunos los veía morir. Pero estaba siendo útil y trabajaba codo con codo con los sanitarios. Se sentía privilegiada por el contacto humano y por tener acceso a las experiencias que los pacientes le contaban”.

Teresa se graduó en 2021. Al terminar los estudios, tuvo un contrato de ocho meses en el Hospital Río Hortega y trabajó unos meses en el Centro de Hemodonación. Quería seguir formándose.

Como su elección de especialización en Enfermería oncológica no se ofertaba en la Universidad de Valladolid, se informó en hospitales extranjeros. Así encontró en Bruselas el Hospital Jules Bordet, que ofrecía un máster en esta especialidad.

“Terminaba la travesía universitaria en Valladolid y se abría un nuevo viaje vital que la llevaba hacia su proyecto de vida futura. Un proyecto personal y profesional que la pareja de quien se había separado no pudo soportar”.

Cuenta Blanca que durante el último curso universitario Teresa empezó a salir con un chico y se hicieron novios. “Su abuela Lita decía que hacían muy buena pareja. Era un chico universitario que se preparaba para ingresar en la Guardia Civil”. Enseguida formó parte de la vida de Teresa, los amigos y amigas le conocían, iba a comer a casa de la familia, con la que tenía una relación cordial.

Al cabo de un año, Teresa sintió que esa no era la pareja con la que quería hacer su vida.

En Bruselas quería llevar adelante su proyecto de estudiar y adquirir experiencia en un hospital en el que se había integrado, donde ya tenía amistades. Su entorno la percibía feliz, centrada y con ilusiones. “Todos, menos él”. Por eso, Teresa dijo a su novio que lo dejaban.

“Cuando Teresa recibió el mensaje de que su ex quería visitar Bruselas aprovechando que ella podía enseñarle la ciudad, le pareció bien, ya había recibido a sus primos o a alguna amiga”. “Somos amigos, mamá”, le dijo a Blanca.

Endelea: en suajili, seguir, avanzar

En agosto de 2022, apenas tres meses antes de ser asesinada, Teresa tenía este mensaje en su perfil de whatsapp: ‘Endelea. En suajili: seguir, avanzar’.

Ya había comenzado su formación y trabajo como enfermera especialista en oncología en el hospital Jules Bordet. En abril de 2022 había viajado a Bruselas y, antes de irse, sus amigos, su familia, y también el chico con quien había salido un año, le regalaron un vídeo de despedida deseándole lo mejor.

El 23 de septiembre Teresa celebró su 23 cumpleaños en su apartamento, poniéndose alrededor del cuello la cuelga leonesa que su familia le había enviado. “Nunca se perdía la tradición de su familia materna”.

La pesadilla que vino después recorre una y otra vez el pensamiento de quienes amaron y aman a Teresa. Aquella visita de la Interpol, la llamada a Bruselas, el viaje allí. Las peores noticias posibles. Las preguntas incesantes de por qué no se dieron cuenta de que algo así podía ocurrir. “Teresa no lo vio venir, pero nosotros tampoco”.

Esta semana arranca el Bruselas el juicio con jurado popular al que ninguna familia querría jamás asistir. La vista oral que dirimirá el castigo penal a un hombre que confesó haber asesinado a Teresa Rodríguez Llamazares. Violencia extrema que anticipó en las búsquedas que había realizado en su móvil sobre cómo matar. César Arribas llegó a despedirse de su familia en un mensaje.

El jurado popular declara culpable al asesino de Teresa Rodríguez en Bruselas

Teresa nunca pudo despedirse de los suyos. Las mujeres de la familia llevan un colgante que dice Endelea. Como pidió la enfermera, siempre hay que seguir, avanzar… Que la justicia les ayude.

Galería de imágenes:

 

Foto de Blanca y Teresa hecha por Juan, su padre, antes de viajar de Mozambique a España.
Cuando Teresa llegó a España y conoció a su hermano, Fran.
Teresa, en mayo de 2000.
“Siempre fue una niña sonriente y feliz”, cuenta Blanca, su madre.
Teresa con la hermana Gustavo.

“Le encantaban las fotos y siempre sonreía, era preciosa”.
Teresa y su padre, Juan. “Sentía devoción por él”.
Teresa y Blanca, su madre.
“Éramos una familia feliz, aquí los cuatro”.
“Le encantaban las tradiciones leonesas, no perdonaba una cuelga ningún año”.
Teresa, con su prima y su abuela materna.

“La última vez que la vimos, en una boda familiar, poco antes de que la asesinase”.
“Con la cuelga leonesa por su 23 cumpleaños, que le enviamos a Bruselas un mes antes de que la asesinase”.
“La montaña era otra de sus pasiones, iba con los scouts. Aquí en Picos de Europa”.

 

Susana Martín

Periodista. He hecho un poco de todo en el maravilloso oficio de contar historias: prensa, radio, montar el primer digital de León, reportajes de investigación sobre lo que otros intentan silenciar o colarme en una cárcel para entrevistar a dos asesinas. Creo en el periodismo como servicio público e intento mantener una mirada objetiva. Me gusta mucho escribir, escuchar, vivir, leer, las burbujas y otros 'pecaos'. Tengo pocos miedos.

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