La palabra que la familia de Teresa llevaba esperando tres años llegó en la tarde del jueves, 16 de octubre en el Palacio de Justicia de Bruselas. Culpable. La jueza que preside el Tribunal leyó el veredicto del jurado popular, que considera a César Arribas autor de un asesinato voluntario con premeditación y de portar objetos punzantes con la intención de usarlos como armas. En su motivación, el jurado deja claro que el acusado era “plenamente consciente” de lo que hacía e identifica como agravante que cogiera de la cocina de la víctima dos cuchillos distintos para perpetrar el crimen.

En la sala, a pocos metros, estaban Blanca y Juan, los padres de Teresa, también sus tíos y amigos. Han sostenido su dolor con una entereza que estremece desde aquel 27 de octubre de 2022, cuando les avisaron de la muerte de su hija en Bruselas. Desde entonces han repetido una sola palabra que hoy, por fin, se abre camino: justicia. La justicia tal vez no repara, pero ordena. No calma el dolor, pero lo reconoce. Y ese reconocimiento es, a veces, lo único que permite seguir.
Este juicio ha sido un recorrido por la luz y la sombra. La luz de Teresa —su curiosidad sin fronteras, la música, los scouts, la Enfermería oncológica en el Jules Bordet, los idiomas, el deseo de ayudar— y la sombra de quien no aceptó una ruptura y convirtió la obsesión en violencia. Durante las sesiones, Arribas pidió perdón y lloró. El jurado, sin embargo, ha valorado los hechos: búsquedas previas, preparación del ataque, elección de armas y conciencia de lo que estaba realizando.
La familia de Teresa ha soportado el procedimiento con una dignidad silenciosa. Viajes, declaraciones, esperas, huelgas que retrasaban vistas, detalles que jamás querrían haber sabido. También una ciudad entera, Valladolid, y otra que la sintió suya, León, y quienes la trataron en los hospitales, quienes la vieron crecer y quienes se cruzaron con su sonrisa. Todos imaginaron su vida, su futuro profesional y su manera de cuidar a los demás.
Hoy el veredicto fija un punto firme: hubo asesinato y hubo premeditación. A partir de ahora se abrirá la fase para dictar condena, que en Bélgica contempla la prisión perpetua en supuestos como este. No hay consuelo posible cuando el vacío es tan grande, pero sí hay verdad judicial, y esa verdad sostiene. Sostiene a una madre que decía “Teresa lo tenía todo, menos esto, que no lo vio venir”, sostiene a un padre que peleó contra la enfermedad con la mano de su hija siempre cerca, y sostiene a un hermano que la recuerda cantando y riendo.
Queda, sobre todo, Teresa. La niña que un día apareció en una calle de Maputo y a la que Blanca y Juan salvaron para siempre. La mujer que eligió cuidar, que viajó ligera y valiente, que aprendió a decir Endelea que significa: seguir, avanzar y lo convirtió en su brújula. Su familia lo lleva con ellos y, desde hoy, también en el corazón un poco más en paz: la justicia ha hablado.
Que la memoria de Teresa nos obligue a mirar de frente a las violencias que aún nos rodean. Que su nombre, Teresa Rodríguez Llamazares, permanezca unido a la vida que quiso vivir y al amor que repartió. Endelea.



